El vídeo es incómodo de ver.
Un científico, con bata blanca y gesto tranquilo, conecta unos módulos orgánicos sobre una mesa de laboratorio. El corazón late, el pulmón se contrae, un flujo rojo recorre conductos translúcidos… No hay música épica, no hay sobresaltos. Solo una voz serena explicando que aquello es un organismo modular, biohíbrido, vivo… Se llama OSCAR.
Durante unos minutos, la mente lo acepta: esto está ocurriendo. No es ciencia ficción. Es hoy. Es ahora. Hemos cruzado el umbral. Y ese es precisamente el problema.
La verdad detrás del monstruo
OSCAR no existe. Tanto OSCAR, los vídeos, el científico, el laboratorio, el relato completo, etc. forman parte de una obra de ficción artística creada en 2016 dentro del proyecto The Modular Body, dirigido por el artista digital Floris Kaayk. Es una pieza de ciencia ficción cuidadosamente diseñada para parecer real, apoyada en conceptos científicos auténticos y presentada con el lenguaje visual de la divulgación.
No hay fraude técnico ni hay deepfake en sentido estricto. Hay algo más sutil y, quizá, más inquietante: verosimilitud.
La ficción no miente, sino que anticipa. Y en este mundo saturado de información, el cerebro humano ya no evalúa primero la verdad, sino la coherencia narrativa. Si algo encaja con lo que creemos posible, lo damos por válido. Aunque no lo sea.
Cuando la ficción se disfraza de realidad
El caso de OSCAR no es aislado. Es un síntoma. Vivimos en una era donde la línea entre lo posible, lo plausible y lo real se ha vuelto borrosa. La inteligencia artificial genera imágenes, voces y textos indistinguibles de los humanos. La biotecnología imprime tejidos. La robótica aprende a moverse con músculo vivo. Todo eso es real… pero no todo a la vez.
El verdadero peligro es que queramos ser engañados. Creo que la razón es que el relato nos resulta cómodo: la ciencia como demiurgo, el humano como diseñador de vida, la muerte como bug corregible. El mito de Frankenstein reescrito con estética de startup y lenguaje TED.
El verdadero debate no es técnico, es ontológico
Ahora viene la parte interesante. Aunque OSCAR sea ficción, la pregunta que plantea es brutalmente real:
¿Qué ocurre cuando dejamos de definirnos por nuestra biología y empezamos a definirnos por nuestra arquitectura?
La investigación actual en robótica biohíbrida ya combina tejidos vivos con estructuras artificiales. Existen robots impulsados por músculo cultivado, sistemas que integran neuronas para tareas simples, órganos impresos para pruebas médicas… ¡o incluso ordenadores funcionando con neuronas humanas!. No son cuerpos humanos modulares, pero apuntan en una dirección clara.
No estamos creando máquinas que imitan a los humanos… Estamos creando humanos que podrían dejar de necesitar un cuerpo “natural”. Y aquí es donde conecta directamente con La encrucijada de la consciencia.
¿Dónde reside la consciencia cuando el cuerpo es intercambiable?
Si un órgano se sustituye, seguimos siendo nosotros. Si se sustituyen todos, uno a uno, ¿en qué punto dejamos de serlo?
Este no es un problema técnico, sino filosófico. El clásico dilema del barco de Teseo llevado al terreno biológico y cognitivo. Cuando el soporte físico es modular, actualizable y reemplazable, la identidad ya no puede anclarse al cuerpo.
Entonces, ¿dónde queda? Quizá en la memoria, en la percepción o en el modelo interno del mundo que el sistema construye sobre sí mismo.
Exactamente el núcleo de la trilogía Máquinas y memorias.
Cuando creemos en OSCAR, aunque sepamos después que es falso, demostramos algo inquietante: estamos psicológicamente preparados para aceptar seres híbridos como parte de nuestra realidad. El debate ya no es “si llegará”, sino “cómo lo integraremos en nuestro marco moral”.
Y esa, irónicamente, es la encrucijada más humana de todas.