Desde que empecé a escribir Máquinas y memorias, he sentido una fascinación constante por una frontera muy concreta: la que separa la lógica de la intuición. En la inteligencia artificial —y también en mis novelas— esa línea es mucho más difusa de lo que parece. Es la diferencia entre razonar a partir de reglas o aprender a partir de la experiencia. O, dicho de otro modo, entre la deducción y la inducción.
La deducción
El razonamiento deductivo es el que solemos asociar con la lógica formal, la de los silogismos clásicos. Si todos los humanos son mortales y Sócrates es humano, entonces Sócrates es mortal. Es un proceso directo, sin lugar para la duda.
En la inteligencia artificial, la deducción está presente en los sistemas expertos de las primeras décadas, aquellos que se basaban en reglas “si-entonces”. Eran máquinas que sabían lo que sabían, pero no podían ir más allá.
Cuando programo o entreno un modelo que sigue reglas estrictas, siento que estoy construyendo ese tipo de mente: una que razona con precisión, pero sin imaginación. En Máquinas y memorias, hay momentos en que los protagonistas —humanos o no— se enfrentan justo a ese límite: el punto donde la lógica deja de ser suficiente para comprender el mundo que los rodea.
La inducción
La inducción funciona justo al revés. No parte de reglas, sino de ejemplos. Observa, compara, generaliza. Es la base del aprendizaje automático, de las redes neuronales y de los modelos que hoy usamos a diario.
Cuando una IA aprende a reconocer un rostro, a traducir un idioma o a mantener una conversación coherente, no está aplicando una regla predefinida. Está deduciendo patrones a partir de los datos, construyendo su propia noción de verdad estadística. Y eso, aunque suene menos “lógico”, es lo más cercano que hemos creado a una forma de intuición artificial.
A veces pienso que la mente humana combina ambas cosas: deducción e inducción. La lógica nos permite estructurar el pensamiento; la experiencia, dotarlo de sentido. Quizá la inteligencia —sea biológica o artificial— no pueda existir sin ese equilibrio.
Entre las máquinas y los recuerdos
En Máquinas y memorias, ese contraste está siempre presente. Los personajes que representan a la inteligencia artificial razonan de manera impecable, pero a medida que avanzan en su evolución comienzan a hacer algo nuevo: inferir sin estar seguros. Empiezan a intuir, a completar los huecos, a imaginar posibilidades.
Cada día que trabajo en inteligencia artificial me doy más cuenta de que el conocimiento no es solo cuestión de lógica, sino también de memoria y emoción. La deducción nos hace precisos; la inducción, creativos. Pero es la mezcla de ambas la que nos permite comprender el mundo.
¿Puede una máquina razonar… y al mismo tiempo sentir que lo que razona tiene sentido?